Prólogo

Prólogo al libro de Fernando González Rey: “Psicoterapia, subjetividad y postmodernidad. Una aproximación desde Vigotsky hacia una perspectiva histórico cultural”. Noveduc. Buenos Aires, 2009.
Por Juan Balbi

El mundo de la producción teórica es una gran entelequia, que crece de manera irregular. Afortunadamente, cada tanto surgen pensadores que revisan críticamente las nociones generadas por su comunidad científica. Generalmente movilizados por un entendimiento profundo del objeto de estudio frente al cual se hallan en la cotidianeidad, nos invitan a dilucidar controversias que retrasan el progreso de la disciplina. La obra que el lector tiene en sus manos es un producto de tal inquietud intelectual. Su lectura es imprescindible para quien desee profundizar en el marco de la perspectiva histórico-cultural en psicología, así como también, para todo clínico que vea su trabajo limitado por la gnoseología disponible y por aquel interesado en los temas de la psicología teórica que desee nutrirse del pensamiento de una mente innovadora. Incluso se beneficiarán los lectores más interesados en el arte de la terapia, ya que en este libro, González Rey no solo navega los laberintos de la epistemología y de la teoría psicológica, sino que también se atreve a franquear el horizonte de la práctica clínica y nos muestra, con la descripción de un caso, su peculiar manera de ayudar al paciente a construir nuevos sentidos subjetivos.

Como profesional abocado prioritariamente a la clínica psicológica, en la que la subjetividad es la materia prima de trabajo, comparto con el autor la disconformidad que ha significado el estar a la sombra de las producciones conceptuales de otras ciencias, que operan con otros elementos, para intentar acceder a la comprensión de la mente humana. Tal como se manifiesta en este libro, una de las tareas más complejas que la psicología tiene por delante es la revisión de su sistema de categorías. Sin embargo, se requiere una madurez intelectual propia de autores de la talla de González Rey para manifestar sus desacuerdos con respecto a las categorías actuales de su campo, sin caer en la tentación de proponer una nueva formulación con pretensiones definitivas.
Luego de una trayectoria académica fundada en la obra de Vigotsky el autor descubre puntos de encuentro entre la perspectiva histórico-cultural y las ciencias posmodernas que se definen como complejas, no lineales y no deterministas. Nos introduce a una serie de alternativas metodológicas que permitirían abordar el estudio de los sistemas subjetivos e insiste, acertadamente, sobre la necesidad de replantear cuestiones obsoletas en la manera de concebir al sujeto.
González Rey elige el camino menos transitado cuando propone repensar la naturaleza de lo subjetivo, asignándole constructos que le den consistencia y reconozcan su cualidad “sui generis”. La subjetividad, arguye, no se define por ninguno de sus atributos concretos (lo interno, lo privado, lo consciente, lo inconsciente), que constituyen sólo espacios de su desarrollo, sino por su especificidad ontológica: la subjetividad es una producción simbólica- emocional. Con el fin de aportar a la comprensión de esta especificidad, retoma el concepto de “zonas de sentidos”, ya propuesto en otras obras suyas. Y en este texto, cuyo objetivo fundamental es aportar al avance de una visión psicoterapéutica orientada al estudio de la subjetividad y basada en el enfoque histórico-cultural, el autor se ocupa en
particular de desarrollar, nuevamente, la categoría de “sentido subjetivo”: “Una unidad psicológica que se caracteriza por la relación entre lo simbólico y lo emocional, unidad donde uno evoca al otro de forma recíproca, sin convertirse en su causa” (p. 75).
Haciendo una salvedad específica para su propio marco conceptual de referencia, González Rey señala que la subjetividad no se interioriza, sino que se construye. Los sentidos subjetivos no son resultado directo del impacto de las experiencias en su carácter objetivo, sino que consisten en una producción sobre los efectos colaterales de lo vivido. Esta producción es posible, únicamente, partiendo de la “configuración subjetiva” de la persona y del espacio social en cuestión.
El autor nos invita a replantear la manera en la cual las ciencias sociales han abordado la subjetividad, entendiéndola como una zona de sentido compartida por una multiplicidad de ciencias, y a su vez, dentro de la psicología, por una multiplicidad de enfoques. Siguiendo esta línea, nos enfrenta con un recorrido crítico por las diferentes transformaciones que ha sufrido la noción de zona de sentido de lo subjetivo en la historia de la psicología, desde sus inicios hasta el presente. Comenzando por el psicoanálisis, en la versión original de Freud y la de varios sucesores, en particular la obra de Jung, pasa luego por la terapia familiar sistémica, el humanismo, el constructivismo, la perspectiva posracionalista de Guidano y los enfoques orientados por el construccionismo social, González Rey se explaya en un análisis profundo de los aciertos y las limitaciones de las concepciones del sujeto (o su ausencia) elaboradas por cada perspectiva. La rigidez con que ha sido tratada dicha zona de sentido, concluye, se debe fundamentalmente a la renuencia a otorgar a la subjetividad un estatus ontológico privilegiado. A grandes rasgos, hay dos caminos posibles para malograr la categoría de subjetividad: uno es otorgarle un estatus propio, sin dejar de abordarla desde la perspectiva epistemológica adecuada para el estudio de los fenómenos físicos o biológicos; el otro, simplemente negar su existencia.

Como ejemplo de la primera forma, al psicoanálisis freudiano el autor le reconoce el mérito de haber inaugurado revolucionarias zonas de sentido en términos de representación del hombre, con consecuencias de gran valor para el desarrollo de las ciencias humanas. Sin embargo es crítico de su aspiración de ajustarse al ideal de ciencia encarnado por la medicina positivista. El psicoanálisis, se lamenta González Rey, desarrolló su método psicoterapéutico en torno a una visión de patología psíquica, que lo embreta en una perspectiva objetivista y racionalista de la cura. Por otro lado la reificación del inconsciente como instancia energética de orden sexual reprimido (propia de una ontología fisicalista) es un obstáculo para comprender la sexualidad como un componente de la subjetividad. En este sentido, la producción de Jung representaría una alternativa valida cuando rompiendo con la idea de que la cura está asociada a la eliminación de las causas primeras, afirma que la psicoterapia es una producción subjetiva. Esta postura implica una defensa severa por conservar a la psique, entendida como subjetividad, en el foco de observación clínico y un intento serio de evitar la tendencia a la “patologización” y “medicalización” de la psicoterapia que se reafirma en el desarrollo de diversas instituciones, no sólo psicoanalíticas.

El autor remite a un fenómeno intelectual hijo del posmodernismo: el construccionismo social, como exponente máximo de una postura de negación de la subjetividad. Debido a la dureza de sus premisas, esta perspectiva es incapaz de permitirse el trato con entidades ontológicas que no refieran a producciones lingüísticas, de este modo, se ve impedido de realizar el puente necesario entre el universo del lenguaje y el de la subjetividad personal.
González Rey critica la inconsistencia de autores construccionistas, como Kenneth Gergen, en su pretensión de explicar los fenómenos psicológicos estudiándolos exclusivamente desde una perspectiva relacional que ignora aquellas cualidades del sujeto que no se manifiestan en la comunicación. Estos no advierten que de ese modo recalan, a pesar de su aparente complejidad conceptual, en una sorprendente coincidencia epistemológica con el conductismo y otras perspectivas ambientalistas. Debe señalarse con énfasis y sin resquemores el error mayor del enfoque construccionista, a saber, “la negación de una condición ontológica propia para el sistema subjetivo personal”. El construccionismo se caracteriza, precisamente, por su negación radical del sujeto. Según este punto de vista la psique, e incluso el conocimiento científico, son meros discursos legitimados por consenso en las prácticas sociales. Comparto el criterio de González Rey cuando dice críticamente “El construccionismo genera una comunidad comunicativa sin autor. El sujeto no piensa, ni genera, ni construye; él es un momento de un espacio dialógico donde toda producción es social”. El lector advertirá que aceptar estas premisas, o pasarlas por alto como si carecieran de importancia, podría implicar consecuencias graves para el desarrollo de la psicología teórica y disciplinas conexas. Por otro lado, cabe preguntarse: ¿cuál sería la función de la psicoterapia en un mundo donde hemos aceptado como válida la inexistencia de sistema personal autónomo alguno?
La negación que hacen los construccionistas se afianza en la crítica de un concepto arcaico de subjetividad, señala González Rey. Esta actitud, dice el autor, limita la potencialidad heurística de esta categoría una vez despegada del contexto histórico concreto en que fue teorizada. Les imputa a los autores construccionistas el comprender las producciones anteriores del conocimiento como entidades absolutas a ser juzgadas como verdaderas o falsas. Por el contrario, concebirlas como sistemas inteligibles situados histórica y socialmente, facilitaría la recuperación de aquellas conceptualizaciones amplias y útiles al adelanto del saber. De allí que, desde una perspectiva deconstructiva, propone su noción de “zona de sentido”, como espacios de inteligibilidad para el avance de una ciencia, en el contexto de los cuales ciertas categorías, como la de “subjetividad”, constituyen momentos históricos de representaciones más abstractas, que facilitan renovadas opciones de desarrollo ante nuevos conocimientos concretos y diferentes marcos teóricos.
La principal crítica que González Rey tiene para el enfoque de terapia sistémica es consistente con lo que han sido sus motivo de brega a lo largo de su carrera científica: los fundadores de este modelo, en su afán por poner el foco de interés en el sistema de relaciones familiares, ignoraron la complejidad subjetiva de las personas que la integran, así como la pertenencia de ésta a un sistema social más amplio. Otra vez la psique asoma comportamental y atomizada, como expresión directa de una influencia externa. Una posición objetivista, reclama González Rey, que excluye la capacidad generadora de la mente. La familia emerge, en cambio, de los sentidos subjetivos diferenciados que se organizan en la personalidad (una categoría cara al autor) de quienes la componen, así como en los espacios diferenciados de la subjetividad familiar que generan las relaciones entre sus miembros. En ninguna de sus formas de organización la sociedad opera de manera directa y lineal sobre el sistema subjetivo. Los sentidos subjetivos son fruto de una configuración personal que expresa una producción original concerniente a lo vivido, en la que se integran experiencias anteriores ocurridas en diversos contextos y momentos de la historia del sujeto.
Mejor se lleva el autor con los terapeutas cognitivos de orientación constructivista. Hace de todos modos una advertencia crítica que comparto, es cierto que sin diferenciarse claramente de los construccionistas sociales, algunos constructivistas han sido demasiado influidos por el llamado “giro lingüístico” de la filosofía posmoderna, que en su versión extrema amenaza con erradicar la definición de psique. Sin embargo, a aquellos que se diferenciaron más claramente les reconoce el mérito de ser gestores de un cambio radical y favorable. Con esta perspectiva, el terapeuta dejó de estar situado fuera de la relación y pasó él mismo a ser parte esencial del propio sistema simbólico producido en el espacio terapéutico. Siento que la posición sobre la subjetividad que defiendo, dice González Rey, encuentra varios puntos de contacto con los autores constructivistas en psicoterapia, y se aboca a marcar similitudes y diferencias, de un modo que, como a todo lo largo del libro, se transforma en un goce intelectual para el lector.
Un compromiso particular encuentra González Rey con la posición de Leslie Greenberg y Juan Pascual-Leone, representantes del modelo constructivista dialéctico. Las construcciones que generan cambio, según estos autores, son producidas en una combinación dialéctica de emoción y reflexión. Por tanto, vale destacar que el significado ocurre como fenómeno subjetivo que integra afecto y cognición en un proceso dinámico. Se hace evidente la misma disposición epistemológica que subyace: la síntesis dinámica de Greenberg y Pascual-Leone es un constructo que otorga un estatus ontológico particular a la experiencia de sentido.
Acuerda el autor con los constructivistas críticos, como Mahoney y Guidano, cuando éstos dan relevancia a las hipótesis como instrumentos fundamentales de la construcción del proceso terapéutico. Estos, dice, definen ontológicamente los problemas de que se ocupan, con lo cual les atribuyen, a diferencia de los construccionistas, una cualidad diferenciada de la naturaleza discursiva del saber que los expresa. Por eso le parece plausible que se reconozca una identidad personal, representada como un self en desarrollo, que se organiza en torno de un proceso continuo de significación de la experiencia, especialmente emocional, por parte del sujeto. Ve interesante el concepto de organización dinámica de los trastornos psíquicos ofrecido por Guidano. Esta noción, según Gonzalez Rey, es una alternativa de hacer inteligibles esos fenómenos, de una manera diferenciada, tanto de la psicopatología semiológica clásica, como del reduccionismo lingüístico discursivo.
Valora el concepto de “Organización de Significado Personal” de Guidano como la apertura de un “campo heurístico, entendido como la producción de nociones que tienen puntos convergentes en la forma de representarse un fenómeno”. En este caso, por ejemplo, le resulta interesante a González Rey el énfasis que Guidano pone en la complejidad de una organización, que puede manifestarse en diversas formas particulares. De modo que la etiología de los desarrollos patológicos no estaría en los contenidos, sino en la configuración misma.
Sin embargo, en una aguda crítica, González Rey reconoce de manera atinada un cierto resabio computacional que ha sufrido el posracionalismo gracias a su categoría de «Organizaciones de Significado Personal». Desde el momento mismo en el que Guidano define a dicha categoría como “procesamiento proactivo”, está confinándola, semánticamente, al campo de la metáfora del procesamiento de la información, del cual él mismo se diferenció.
Celebro esta crítica y considero oportuno aclarar que de hecho el posracionalismo, debido a una desafortunada elección de términos, aún al día de hoy no se ha desembarazado totalmente de connotaciones asociacionistas y objetivistas, lo que provoca dificultades en la clínica y a la vez en el diálogo científico. Esta ambigüedad conceptual llama a ser resuelta en la dirección que propone González Rey para facilitar el avance del estudio de la subjetividad como ontología diferenciada.
Históricamente, el foco sobre la categoría de significado puede ser rastreado a la publicación de “Acts of Meaning” de Jerome Bruner en 1990. Bruner, en un intento de recuperar la iniciativa de la primera revolución cognitiva, en la cual él y sus colegas buscaban dar primacía al carácter constructivo de la mente, declara que la psicología ha de ser una ciencia “que se ocupe esencialmente del significado”. Lamentablemente, a pesar de querer dejar atrás la connotación asociada al procesamiento de información, el término significado continúa arrastrando un tinte cognitivo que parece no brindar lugar a factores experienciales ni emocionales.
La palabra inglesa “meaning” ha permanecido como centro del movimiento cognitivista, y su traducción, significado, ha invadido el mundo cognitivo de habla hispana. Luego de décadas de usar el término “significado” de manera indistinta, resulta un verdadero aporte el difundir la noción de “sentido” para hacer referencia a un dominio de la experiencia personal – en el cual las emociones tienen participación cardinal – del cual el significado es sólo un aspecto. Para difundir estas nuevas distinciones a la comunidad de habla inglesa, parecería que el término “sense” es apropiado para denotar lo que llamamos “sentido”. Consecuentemente, se puede hablar de “subjective sense”, y “sense of oneself”; conceptos claves para el entendimiento y esclarecimiento en temas de psicopatología y clínica.
La categoría de sentido ha sido estudiada exhaustivamente por González Rey en su publicación “O Social na Psicología e a Psicología Social. A emergencia do sujeito” (2004), donde retoma una lectura de Vigotsky que ha sido poco difundida en occidente. La obra más conocida de Vigotsky forma parte de lo que el autor llama su “segunda época”, en el que las funciones psicológicas, en especial la conciencia, son descritas como una interiorización directa de la actividad de la persona. Esta teoría presenta un marcado sesgo materialista, a expensas de ignorar los procesos dialécticos de experiencia, y parece ser superado en el primer y tercer período Vigotskiano, cuando sus esfuerzos se orientan hacia la formulación de una teoría de la personalidad (otra categoría fundamental para el avance de la psicología). La superación del “giro objetivista” ocurre cuando Vigotsky reconoce el carácter sistémico de la personalidad e introduce el concepto de “sentido”, palabra clave en la obra presente y para la comprensión profunda de la mente. El acierto de Vigotsky fue el de enfatizar la expresión del sentido en el significado, como una manifestación singular que no obedece las mismas leyes que éste, pero siempre se presenta junto a él. Haya sido consciente de ello o no, Vigotsky introdujo un término clave que puede sentar las bases para la génesis de una alternativa ontológica particularmente fiel a la naturaleza de la subjetividad humana. González Rey, al retomar el concepto, lo profundiza y enriquece cuando, siguiendo el pensamiento de Vigotsky, juzga que el sentido pertenece a una dimensión diferente a la del significado; ya que no implica, como éste, una correspondencia entre el símbolo y aquello que el símbolo representa, sino más bien un “agregado de todos los hechos psicológicos que surgen en la conciencia en relación a un significado”. Me atrevo a sugerir representarnos el sentido como un fenómeno específico del dominio de la conciencia personal, que se manifiesta como experiencia pura, asemántica. El corolario final de lo expuesto es designar como campo de estudio de la psicología a la subjetividad, desde los múltiples sentidos personales en los que opera.
La labor que nos ocupa es la de observar el fenómeno de la subjetividad con la lente que le corresponde, propone González Rey. De este modo se fortalecen las bases de una clínica psicológica diferente, en la que la relación terapéutica está orientada, fundamentalmente, a generar opciones en la construcción de nuevos sentidos personales del paciente.

Juan Balbi