Fundamentos epistemológicos y teóricos de las terapias cognitivas constructivistas: Los últimos desarrollos del posracionalismo

Fundamentos epistemológicos y teóricos de las terapias cognitivas constructivistas: Los últimos desarrollos del posracionalismo*
por Juan Balbi

Introducción

En general, los modelos terapéuticos han adquirido su denominación como una de su objeto de estudio o de su metodología. Tal el caso del conductismo,
que en su fase práctica consiste en el análisis y modificación de la conducta, o las cognitivas clásicas que llevan a cabo el análisis y modificación de las
estructuras cognitivas. También se aplica esta regla a la terapia familiar sistémica, que este nombre a consecuencia de aplicar los conocimientos de la teoría general de sistemas al análisis y modificación de los patrones de comunicación entre los de la familia en tratamiento. No es el caso de las terapias constructivistas, que agrupan por su adhesión a un conjunto de premisas epistemológicas, del objeto a abordar y el método para hacerlo. De allí también la
gran dispersión de modelos terapéuticos que adscriben a esta corriente.

No es habitual que los psicoterapeutas se pregunten acerca de los fundamentos de las teorías, métodos y técnicas con los que abordan día a día los
problemas por los que son consultados. Si bien no niegan que su praxis está por ciertas premisas nosológicas, lo más frecuente es que su deriva
metodológica, este signada por la búsqueda de nuevos métodos y técnicas que los a obtener mejores resultados en el alivio del sufrimiento de sus pacientes, antes por una reflexión crítica de los principios explicativos que guían su accionar clínico.
Los terapeutas constructivistas, por el contrario, parten de una crítica de las premisas en que se sustentan los modelos de sus colegas. Esa crítica apunta al fundamento de aquellos modelos, el que postula la premisa asociacionista del empirismo, que concibe la mente como un sistema pasivo, que obtiene sus contenidos
del ambiente y, en el acto de conocer, copia el orden de la realidad. Por el contrario, el constructivismo constituye una premisa epistemológica basada en la afirmación de que, en el acto de conocer, es la mente humana la que crea activamente los significados y el orden de la realidad a la que responde. Así como la perspectiva asociacionista considera la percepción como la mediadora principal de la interacción entre el organismo y el ambiente; para los constructivistas la mediación básica consiste en la propia actividad del organismo. Adscriben de este modo a la teoría motora de la mente, formulada originalmente por Walter Weimer (1977) quien propone que los dominios cognitivos o mentales son intrínsecamente motores, al igual que el sistema nervioso (Balbi, 1994, 2004; Guidano, 1991, 1995, Mahoney, Miller y Arciero, 1995; Lyddon, 1995; Mahoney, 1991; Neimeyer, 1993).

El constructivismo es una perspectiva epistemológica que tiene antecedentes filosóficos, entre otros, en los trabajos de Giambattista Vico, Imanuel Kant, Hans Vaihinguer, y científicos dentro del campo de la psicología, en la epistemología genética de Jean Piaget. En los últimos veinte años la metateoría constructivista ha tenido una influencia decisiva en la corriente cognitiva en psicoterapia, influencia que ha llevado al desarrollo de modelos alternativos, que cuestionan los fundamentos de sus antecesores y proponen nuevas explicaciones y metodologías. Los defensores de la meta teoría constructivista postulan que: a) los humanos no son participantes reactivos y pasivos en su propia experiencia, sino por el contrario son activos en su construcción; b) que la mente humana es de naturaleza proactiva, es decir actúa de manera anticipatoria; c) que la mayoría de los procesos mentales operan a un nivel de conciencia tácito, es decir
inconsciente o subconsciente; y d) que el desarrollo psicológico personal constituye una operación continua de autoorganización individualizada que tiende a mantener, antes que a modificar, sus propios patrones experienciales ( Mahoney, 1995 a y b) Los modelos cognitivos constructivistas están hoy en día en plena evolución. En el contexto de esa evolución, se destacan los aportes de la Terapia Cognitiva Posracionalista, creada por el psiquiatra italiano Vittorio Guidano en el transcurso de los últimos quince años del siglo pasado. Esos desarrollos y los de sus continuadores actuales constituyen los avances recientes más interesantes del proceso evolutivo de las terapias constructivistas. En las siguientes páginas me explayaré sobre los mismos.

La claudicación epistemológica del cognitivismo racionalista

La propuesta posracionalista de Vittorio Guidano es una respuesta crítica a los fundamentos de los modelos clásicos de terapia cognitiva. Este autor, tras haber pasado del conductismo a la práctica de las técnicas psicoterapéuticas propuestas por Beck (1967; 1976), Ellis (1962) y Meichenbaum (1977), encontró que no podía seguir adelante con su trabajo como clínico sin revisar las premisas epistemológicas de los mismos.

Se refiere del siguiente modo a la conclusión a la que arribó al cabo de ese análisis: «… después de casi tres años de práctica cognitiva comenzó nuevamente a aflorar una sensación, cada vez más enojosa, de discrepancia entre la lógica lineal del planteamiento teórico y la multiforme complejidad que la práctica terapéutica acaba después por imponer. […] Se veía cada vez más claro que la elicitación de emociones implicantes por su intensidad y su cualidad en el curso de la relación terapéutica era capaz por sí misma de producir cambios significativos, sin que fuese necesaria la intervención de técnicas codificadas de reestructuración cognitiva, y esto era difícil de explicar de acuerdo con el planteamiento habitual. […] parecía que el significado personal en la base de un sistema de creencias individuales, a diferencia de las creencias concretas, fuese mucho menos susceptible de transformaciones significativas y tendiese a permanecer inalterable aun a despecho de cambios consistentes. […] Las consideraciones que de este modo se podían extraer ponían de manifiesto que la “caja negra” era mucho más compleja de cuanto nos dejase suponer el entusiasmo inicial […] Nuevamente debía cambiar de actitud aunque estaba claro que esta vez, a diferencia de lo acaecido un año antes en el tiempo de la crisis conductista, no era posible continuar ni ampliar aquel mismo paradigma empirista-asociacionista que hasta entonces había servido de punto de referencia.
En primer lugar, era evidente que el paradigma empirista se había llevado hasta sus límites máximos, más allá de los cuales su estructura misma no se habría podido sostener. En segundo lugar, el problema no era el de introducir esta o aquella novedad para lograr explicar esta o aquella anomalía, sino que se veía por el contrario la necesidad de modificar conceptos básicos como “organismo”, “conocimiento”, “realidad”, “objetividad”, etc.» (Guidano, 1990, págs. 118-120).
En efecto, a pesar de originarse como una respuesta critica al conductismo, los modelos de terapia cognitiva surgidos en los años setenta no lograron desprenderse de la impronta asociacionista que fue el fundamento del movimiento iniciado por Watson. La crítica más habitual que se hizo al conductismo es la de ser reduccionista y mecanicista.
Sin embargo el núcleo conceptual del conductismo no lo constituyó ni el reduccionismo, ni el mecanicismo. El cimiento intelectual más firme de este modelo lo
proporcionó la filosofía inglesa y se halla en el empirismo, y el asociacionismo que este postula. Dando por válida la noción de pasividad mental de Locke, según la cual la mente obtiene sus contenidos del entorno, la psicología conductista se desarrolló como una disciplina empírica para estudiar el comportamiento en términos de adaptación a los estímulos del medio (Brennan, 1999). En adhesión al método científico para el estudio de los mecanismos básicos del funcionamiento individual, los conductistas se constituyeron en abanderados de la actitud antimentalista imperante en la psicología a partir de la segunda década del siglo XX. Según esa actitud los estados subjetivos, la conciencia y sus procesos debían ser desplazados del foco de atención de las investigaciones y reemplazados por fenómenos más prácticos, en cuanto que más observables y asequibles a la experimentación. El fenómeno por excelencia fue el comportamiento y la psicología tuvo como meta teórica la predicción y el control de la conducta.

Es posible reseñar los postulados básicos de esta propuesta de la siguiente manera: 1) los procesos conscientes no pueden ser científicamente estudiados; 2) la psicología estudia la conducta externa, observable. Esta es reductible, en última instancia, a procesos físico-químicos ya que está enteramente compuesta de secreciones glandulares y movimientos musculares.; 3) la conducta, por estar compuesta de respuestas elementales, puede ser sucesivamente analizada por métodos científicos naturales; 4) Hay un determinismo estricto de causa y efecto en la conducta, debido a que hay siempre una respuesta inmediata, de alguna clase, a todo estímulo y toda respuesta tiene una clase específica de estímulo. De modo que el programa básico de la investigación psicológica debería conducir a poder predecir la respuesta a partir del conocimiento de los estímulos; o a la inversa, poder inferir el estímulo que ha provocado la conducta que tiene lugar. En síntesis, la noción de la “caja negra” le permitió al conductismo reducir la mente a la condición de epifenómeno, no por inexistente o poco importante, sino por
el hecho de que solo es objeto de la introspección e inaccesible a la observación por terceros.

A partir del fundamento epistemológico empirista-asociacionista el conductismo desarrollo dos principios explicativos que constituyen la base de un potente andamiaje terapéutico, estos principios son: el condicionamiento clásico, basado en el aprendizaje por asociación y el condicionamiento operante, basado en el aprendizaje por las consecuencias de la conducta; o refuerzos positivos y negativos en la denominación utilizada por los terapeutas.

El sistema conductista extendió su concepción a todo el dominio psicológico y concibió los procesos de la mente como formas internas de conducta; de modo que todas las funciones mentales, incluido el pensamiento, pueden ser reducidas a formas elementales de respuesta. En ese sentido, es posible describir y explicar la personalidad individual como el conjunto de los condicionamientos adquiridos en el proceso de aprendizaje. En otros términos, el individuo puede entenderse como un sistema de respuestas o comportamientos, operativos, verbales, viscerales, etc.

El movimiento cognitivo en psicología, que luego dio origen a los modelos cognitivos de psicoterapia, surgió a partir de la crítica del antimentalismo conductista. Se suele describir una evolución de las ciencias cognitivas que cuenta con un primer periodo caracterizado por la metáfora computacional de la mente, un segundo periodo en el cual los conexionistas realizan la crítica de la característica distintiva de este modelo, su procesamiento en series, y proponen como alternativa uno según el cual la información es un proceso que se lleva a cabo en paralelo. Un tercer periodo sería signado por el constructivismo y un cuarto periodo que tendría como rasgo principal una orientación hermenéutica o narrativa (Mahoney, 1995 a y b; Balbi, 2004).

Sin embargo, esta evolución no se desarrolló en una forma tan lineal como aparece a primera vista. La llamada “Revolución Cognitiva” no se orientó desde un principio hacia la perspectiva computacional de la mente. Por el contrario, puede afirmarse que en su origen fue constructivista. En primer lugar este movimiento intento abrir la caja negra y promovió un resurgimiento del estudio de la subjetividad. Tanto fue así, que en la década de 1950 el predominio ambientalista de la era conductista parecía ceder frente a la concepción de la mente como un proceso activo, dando lugar a que la construcción
de significados reemplace a la conducta como objeto de estudio. Para esa época el psicólogo Karl Lashley criticó las premisa asociacionista del conductismo y delineó algunas de los elementos básicos de un enfoque cognitivo para la psicología. Según él cualquier teoría acerca de la actividad humana debía explicar un tipo de operaciones de las cuales las cadenas asociativas simples no pueden dar cuenta. Las conductas organizadas complejas, como operar en el lenguaje, o aún otras más simples, jugar al tenis o tocar un instrumento musical, no se pueden explicar por mecanismos asociativos. En una secuencia comportamental compleja, cuando un pianista toca un arpegio, por ejemplo, no hay tiempo para la retroalimentación; de modo que un tono no puede depender del anterior. Por lo tanto estas secuencias de conductas deben estar planeadas y organizadas con anterioridad. Según Lashley para que esto ocurra se requiere de planes cognitivos globales muy amplios, que son los responsables de orquestar esas acciones. Lashley hizo hincapié en mostrar el error básico del conductismo: la creencia de que el sistema nervioso se encuentra la mayor parte del tiempo en un estado de inactividad, y que resulta activado en una cadena de reflejos aislados, únicamente, bajo formas específicas de estimulación. Por el contrario, el sistema nervioso es dinámico y constantemente activo. Está constituido por un conjunto de unidades interactuantes y organizadas en forma jerárquica, cuyo control proviene del centro, antes que de cualquier estimulación periférica. En otras palabras, la organización de la conducta no es impuesta desde afuera. No es derivada de incitaciones ambientales, sino que es precedida por procesos que tienen lugar en el cerebro y que son los que determinan de qué manera un organismo lleva a cabo un comportamiento complejo (Gardner 1987).

En consonancia con estas ideas, Jerome S. Bruner (1956), publicó “A Study of Thinking”, en colaboración con J. J. Goodnow y otros autores que defendían la tesis de que la psicología debía centrarse en las actividades simbólicas empleadas por los seres humanos para construir y dar sentido al mundo y a ellos mismos. Es decir, para esa época la psicología parecía orientarse hacia los procesos activos de construcción de significados como objeto privilegiado de estudio.
Sin embargo, fue algo diferente y contradictorio lo que ocurrió. En poco tiempo muchos de los principales investigadores dejaron de focalizar en el estudio de la construcción de significado y en su reemplazo se centraron en la noción de información. Los teóricos de la psicología, siguiendo la analogía que habían trazado John von Neumann y Alan Turing (1950) entre cerebro y computadora y entre mente y sistema de cómputos, prefirieron orientar sus esfuerzos en desarrollar el “Paradigma del Procesamiento de la Información”, cuyas premisas mas importantes son la adopción de la computación como metáfora dominante de la mente y la computabilidad como criterio imprescindible de un buen modelo teórico. La forma mas radical de esta perspectiva, el llamado funcionalismo computacional, postula que lo mental y lo físico son dos descripciones de un mismo fenómeno y que es posible, o aun deseable, estudiarlos por separado. En otras palabras, desde el punto de vista funcional es dable estudiar la mente cognitiva como un nivel autónomo, con independencia de sus bases físicas de generación. Y por otro lado, dado que se concibe a la mente como un dispositivo de procesamiento computacional de información, puede atribuirse actividad mental a todo sistema que cumpla este requisito, también a una máquina. De este modo, con el nacimiento del funcionalismo computacional, la revolución cognitiva quedo atrapada en una nueva forma de asociacionismo en la cual la cadena de estímulos y respuestas fue reemplazada por las entradas (input) y salidas (ouput) de información. En tanto que el refuerzo, desprovisto de tinte afectivo alguno, pasó a ser concebido como un elemento de control por retroalimentación del sistema acerca del resultado de sus comportamientos (Bruner 1990, Balbi, 2004).

Las premisas del paradigma del procesamiento dieron el fundamento para el desarrollo de los modelos iniciales de terapia cognitiva, creados por Aaron Beck y Albert Ellis. Como resultado de su filiación con la versión computacional de la mente, los fundadores de la corriente, dieron primacía a la racionalidad en los procesos de cambio humano. Según sus premisas: a) el pensamiento y el razonamiento pueden y deben guiar la vida de cada persona, sus conductas y sus emociones; b) El pensamiento irracional es disfuncional y constituye la principal causa de psicopatología; c) la psicoterapia consiste en un proceso de detección de patrones de pensamiento irracional y su sustitución por otros más racionales. Es decir, el cognitivismo clásico considera la racionalidad como un conjunto de axiomas normativos universales que constituyen un orden externo, objetivo y unívoco, merced al cual le es posible al terapeuta evaluar el grado de inadecuación de cada comportamiento analizado, así como el ajuste a realizar en la terapia. En estos modelos la actitud del terapeuta es la de un tutor, que conoce aquel
orden unívoco de la realidad objetiva con la cual el sistema de creencias del paciente no correspondería adecuadamente. Este rol de conocedor privilegiado le permite criticar con autoridad el supuesto origen irracional de la conducta disfuncional y persuadir al paciente sobre lo conveniente de la adopción de creencias más racionales. Como a sido afirmado con justicia por Vittorio Guidano, los modelos clásicos de terapia cognitiva pueden considerarse un desarrollo del paradigma asociacionista tradicional. La principal crítica que realiza este autor a la perspectiva clásica, es que la versión de la mente como un sistema pasivo y procesador de información exige una relación de correspondencia entre conocimiento y realidad. La mente sería, entonces, un sistema que tendría la función de ordenar en conjuntos lógicos la información ya disponible en aquella. En ha sido sostenido por siglos desde el asociacionismo, son el resultado de las capacidades abstractas de la mente y no su material básico constitutivo. De acuerdo con la tesis de este pensador la mente constituye un sistema complejo de reglas abstractas responsable de las cualidades concretas y particulares de nuestra experiencia consciente. En otras palabras, el punto de inicio del que se deriva la riqueza del mundo sensorial que experimentamos radica, contrariamente a lo supuesto por el empirismo, en un conjunto de reglas abstractas que reflejan la complejidad y la capacidad automática de organización que la mente humana ha adquirido a lo largo de su evolución (Guidano, 1995).

En consonancia con lo anterior y adhiriendo a una tesis original de Polanyi (1958, 1966), Guidano otorga un papel preeminente a los procesos mentales que ocurren en el nivel tácito. Estructuras profundas de reglas de organización que tienen la función de ordenar la experiencia actual y anticipar la experiencia inminente operando fuera de nuestro conocimiento consciente, explícito, verbal. Pero no únicamente en un nivel subconsciente, sino también a un nivel supraconsciente, por encima de la conciencia y regulando su actividad, sin aparecer en ella. Es decir, pueden distinguirse en la estructura del conocimiento dos niveles, diferentes y estrechamente interconectados, de procesos: a) los procesos tácitos constituyen un conjunto de reglas idiosincrásicas de organización
profunda que, en el devenir continuo de la experiencia, proveen el marco anticipatorio sobre el cual el sistema orienta su focalización atencional y su actividad de selección y bloqueo perceptual; b) las creencias, los deseos, las expectativas, las emociones y demás estados que, en el nivel superficial, están disponibles ante nuestra conciencia y ante nuestra verbalización, constituyen el material del conocimiento explícito, un sistema en el que se reflejan y reorganizan los contenidos emergentes del conocimiento tácito. De tal modo que la cognición resultante de un proceso constructivo y de interacción continua
entre estos dos niveles de conocimiento. Esta conversión del conocimiento tácito a explícito, y viceversa, no consiste en una mera «traducción de un idioma a otro», sino que constituye un complejo proceso generativo, constructivo y dialéctico, en el que ambas instancias son interdependientes y se influyen mutuamente (Guidano, 1987, 1995).
Desde el punto de vista psicopatológico, y del posible cambio terapéutico, puede afirmarse que la funcionalidad del sistema personal será totalmente dependiente del nivel de integración y de la plasticidad con que opera aquella relación entre los dos niveles de proceso de conocimiento.

Autoorganización y ortogénesis

Guidano concibió al si-mismo como un sistema autoorganizado. Y en consecuencia con este principio también como un sistema ortogenético. Dicho con sus propias palabras, “una unidad autoorganizada puede describirse como un sistema de crecimiento cuyo desarrollo a través de la vida está regulado por el principio de progresión ortogenética; esto significa que el sistema procede hacia niveles más integrados y complejos de orden estructural.[…] la propiedad clave que subyace a la autonomía de cualquier forma de autoorganización radica en la habilidad del sistema para convertir en un orden auto-referente las perturbaciones aleatorias que provienen ya sea del ambiente o de las oscilaciones internas (1987, pág. 10). En su libro “El si mismo en proceso” (1991) adopta la noción de autopoiesis de Maturana y Varela (1984), según la cual, los seres vivos, como resultado de una imposición evolutiva básica, se organizan para preservar su identidad como sistema y la aplica a su concepción del self. En este tipo de sistema la invariante fundamental consiste en el mantenimiento de su propia organización, definida como una red específica de relaciones. La organización de un sistema tal no se define por las propiedades de sus componentes sino por la relación entre éstos y por los procesos que los producen. Estos sistemas son autónomos y cerrados sobre sí-mismos, es decir, no pueden ser informados. Esta premisa será definitoria a la hora de diseñar un dispositivo terapéutico, ya que si al sistema no se le puede “dar forma”desde el exterior, la única operación adecuada, en lugar de informarlo, será crear las condiciones para perturbarlo estrategicamente, conduciendo su atención hacia sus propios procesos y contenidos tácitos. De modo que al agregar información del propio sistema en la dimención explícita, se reorganice en un nivel de mayor complejidad.

La epistemología evolutiva el anál isis de la intersubjetividad y el papel de las emociones en la organización del conocimiento.

Desde este enfoque, el origen y el desarrollo del conocimiento, en sentido amplio, son analizados teniendo especialmente en cuenta la evolución de la vida en el planeta. Una perspectiva evolucionista, que concibe el conocimiento como una función de los seres vivos, y que por lo tanto, ha evolucionado con éstos, facilita una aproximación analítica a la estructura de la experiencia humana ya que la estudia integrando en ese análisis nuestro modo peculiar de ser animales. Según Guidano, la epistemología evolucionista debería ser la base de cualquier metodología congruente de la psicología cognitiva. Afirma que es posible plantear el problema de la mismidad en términos biológicos si se entiende el surgimiento de la conciencia como un imperativo autorreferencial específico de nuestra especie en un momento determinado de su evolución. Dijo al respecto, “…si el conocimiento se distribuye a lo largo de una progresión que va desde la primitiva conducta exploradora hasta la autoconciencia humana, la evolución aparece como una estrategia regulatoria esencial que apunta a lograr la estabilidad en un medio siempre cambiante, a través de la adquisición de niveles más complejos de funcionamiento autorreferencial autónomo.” (1991, pág. 21). En esa línea de pensamiento es que cobra fundamental importancia tomar en cuenta que los humanos somos primates y como tales, somos animales que vivimos, socialmente, y en el vínculo afectivo durante todo el curso de la vida individual. En todos los primates, un mundo social sumamente complejo se ha superpuesto al ambiente meramente físico en el que viven los demás animales. La característica distintiva de ese «nuevo ambiente» es que genera una realidad intersubjetiva; es decir, los primates habitan
un mundo en el cual el conocimiento de sí mismo y del mundo siempre está en relación con el conocimiento recíproco de los otros (cómo veo a los otros y cómo me siento visto por ellos). La supervivencia de un ser afectivo que vive una experiencia intersubjetiva es altamente dependientes de su capacidad para reconocer los estados emocionales de los otros con los que vive, así como de su habilidad para expresar y simular los estados emocionales propios. Esto explica el papel central del rostro en los primates; su alta especialización y jerarquización como pantalla terminal de los estados emocionales. Los primatólogos han podido probar que la capacidad para distinguir entre individuos es innata en la organización de todos los primates y el rostro es la parte del cuerpo que con mayor especificidad representa esa identidad distinguible de los otros que constituye una experiencia de crucial importancia en los primates superiores. El reconocimiento facial parece ser un rasgo del procesamiento neocortical, cuya progresión evolutiva fue acompañada por la aparición de dimensiones intersubjetivas cada vez más complejas en el orden de los vínculos intensos, como por ejemplo la relación madre-hijo, o en los lazos con otros miembros del grupo (competencias, alianzas, amistades acoplamiento sexual, etc.).Estos cambios evolutivos requieren de una capacidad progresivamente mayor para relacionarse y coordinarse con los otros con el fin de alcanzar una mejor adaptación, como, por ejemplo, en la obtención de apegos más seguros o rangos sociales de mayor jerarquía. Puede afirmarse que en los primates, así como en el desarrollo individual humano, hay una coevolución de los procesos de intersubjetividad e individuación. Mientras que la capacidad de diferenciar entre el sí-mismo y los otros aparece como la condición esencial para estructurar un autorreconocimiento estable.
Este análisis le permite a Guidano afirmar que los componentes intersubjetivos de nuestra experiencia deberían integrar la estructura básica de nuestras proposiciones sobre la naturaleza y el desarrollo de los procesos mentales humanos y no deberían estar ausentes de ninguna teoría congruente que pretenda explicar el fenómeno de la identidad personal, y sus procesos patológicos.

Por otro lado, si la principal variable en el proceso individual de adaptación y supervivencia es el desarrollo de las habilidades para la coordinación recíproca con los otros; el conocimiento humano, en tanto autoorganización compleja de la propia experiencia es, como ésta, no sólo cognitivo (en el sentido de pensamiento), sino que su estructura es esencialmente afectivoemocional. Aspecto fundamental a tomar en cuenta a la hora de analizar, en la consulta, una
conducta o una creencia aparentemente disfuncional por su irracionalidad. Entre otras, ésta es una razón de suma importancia por la cual un rasgo diferencial de estos modelos es la atención que prestan al papel de las emociones en los procesos psicoterapéuticos. Según esta concepción la matriz de los significados que procesa el pensamiento es siempre afectiva-emocional, ya que en los humanos, como en los demás mamíferos, las emociones otorgan un sentido inmediato y
global del mundo y de nuestra situación en él. En otras palabras, las emociones constituyen formas específicas de conocimiento; un sistema biológicamente antiguo de cognición, de acción rápida y adaptativa en función de la supervivencia. Los defensores de estas premisas sostienen que son básicamente las emociones las que regulan el funcionamiento mental, organizando tanto el pensamiento como la acción. (Guidano, 1991; Greenberg y otros 1993; Greenberg y Pascual-Leone 1995). Por lo tanto, si las emociones contribuyen a nuestra adaptación no pueden soslayarse en el análisis de los procesos psicopatológicos y no corresponde un método psicoterapéutico que intente controlarlas. Por el contrario, siendo un aspecto esencial de nuestro sistema de conocimiento, deben ser examinadas con el objetivo de reorganizarlas en su funcionamiento.

La Teoría del Apego de John Bowlby y la relación sistémica entre procesos afectivos y experiencia de identidad personal.

La teoría del apego formulada por John Bowlby (1973; 1979; 1980; 1988) tiene una impronta decisiva en el modelo cognitivo procesal sistémico del self que propuso Guidano. Bowlby, médico psiquiatra y psicoanalista británico, llevó a cabo una profunda revisión de la teoría freudiana de la libido. A partir de 1958 se propone hacer congruentes sus conclusiones sobre el efecto que tiene en los niños pequeños permanecer separados de sus madres con la psicología y la biología modernas; ya que no encuentra satisfactoria para estos fines en la estructura metapsicológica del psicoanálisis. Consideró inadecuadas esas teorías para explicar tanto el intenso apego de los bebés y los niños con sus cuidadores, como sus respuestas emocionales y comportamentales ante la separación o la pérdida. Desarrolló, por tanto, un nuevo paradigma que satisface los requisitos corrientes de una disciplina científica y que resulta compatible con los de la neurofisiología y la psicología evolutiva. Este modelo implica una reformulación de las llamadas “relaciones objetales” prescindiendo de muchos conceptos clásicos, incluidos los de energía psíquica y pulsión.

Como resultado de años de observación de situaciones de duelo y de las distintas formas de padecimiento emocional y trastornos psíquicos originados en separaciones y pérdidas afectivas en niños, adolescentes y adultos, Bowlby propone la teoría del apego (attachment). Su tesis es que, la tendencia a establecer lazos emocionales íntimos con individuos determinados, las figuras de apego, es un componente básico de la naturaleza humana que está presente en el momento mismo del nacimiento y permanece durante toda la vida. Bowlby remarca la importancia de los descubrimientos de la moderna psicología evolutiva que ponen en evidencia la falacia de la supuesta fase autista al comienzo de la vida que había concebido Freud. El nuevo punto de vista es que la relación de apego es en sí misma una función clave para la supervivencia y que esta función está presente desde el momento mismo del nacimiento, ya que el neonato muestra una capacidad
embrionaria para establecer una interacción social y siente placer en hacerlo. Es decir, la motivación básica del bebe humano al nacer no consiste en la descarga de pulsión sino en la búsqueda de vinculación como forma de protección. Destaca Bowlby además que, el sistema del apego es primario, no derivado ni secundario de ninguna otra función y que en tanto tiene su propia dinámica, esta conducta es distinta de la alimentación y la sexual y por lo menos de igual importancia en la vida humana. En el contexto de esa teoría, Bowlby se propuso explorar los procesos mediante los cuales se establecen y se rompen los vínculos afectivos.

Según él , el apego del infante no impica una única conducta , sino que constituye un sistema organizado de diversos comportamientos (el aferramiento, el llanto ,el seguimiento visual, la sonrisa), que tienden a un mismo fin, mantener la proximidad física y emocional del cuidador. Este sistema conductual opera en un equilibrio que fluctúa entre las conductas de exploración del entorno y las conductas de acercamiento al cuidador. La oscilación entre exploración y acercamiento se da en función de la accesibilidad percidida del cuidador y los peligros percibidos en el medio, así como de las necesidades sentidas (hambre, sed, frío, sueño, malestar) que demandan cuidados, satisfacción y consuelo. Por otra parte, el apego infantil es el origen de un conjunto de comportamientos de vinculación en la vida adulta ; en este conjunto están incluidas, por ejemplo, la exploración y la búsqueda de pareja, los cuidados mutuos y el apareamieno sexual. Según Bowlby, estas conductas se han desarrollado evolutivamente para asegurar la supervivencia y la procreación de la especie. La importante similitud existente entre la conducta de apego humana y las conductas de apego que manifiestan las especies de grandes primates no humanas lo condujo a la hipótesis de que el apego es un rasgo adaptativo de la especie, y que por lo tanto ha evolucionado, pasando por un proceso de selección natural.

Guidano asume que el apego puede considerarse algo más que una disposición o una respuesta espontáne a que deriva en un comportamiento para mantener la proximidad física y emotiva con los cuidadores. Dado que la percepción de las otras personas es un regulador de tanta importancia para la autopercepción, el apego puede considerarse un proceso autorreferencial necesario para la construcción gradual de un sentido de uno mismo unitario y continuo en el tiempo. Parece evidente que la interdependencia y reciprocidad de los ritmos psicofisiológicos entre el niño y su cuidador son intrínsecamente codependientes, y guían la actividad del niñ o, tanto como su ordenamiento de la percepción de sí mismo y del mundo desde el primer momento de la vida. Cada percepción y reconocimiento de los otros influye siempre directamente en la propia autopercepción.

Esta fórmula está expresada en el llamado «efecto del espejo», según el cual, así como nosotros reconocemos nuestra imagen en el espejo, el niño se hace paulatina y progresivamente consciente de sí mismo al ver su reflejo en el «espejo» de la conciencia que otros tienen de él mismo (Coole y, 1902 ; Popper y Eccles, 1977). En ese sentido, el procesamiento autorreferencial de las emociones que se disparan, de acuerdo con lo descrito por Bowlb y, como procesos vinculares tempranos en términos de acercamiento – alejamiento

(apego-exploración) de las figuras significativas, constituiría el principio organizador básico del desarrollo de la identidad en los primeros años de la vida. De este modo, en la reciprocidad afectiva con los otros significativos, se constituye la organización de un dominio emocional individual que ser álabase material sobre la que se construirá, en el curso del desarrollo, la experiencia de un sentido personal unitario viable y continuo (Arciero, 2003; Balbi, 1994, 2004; Guidano, 1987, 1991, 2001 y Reda, 2000).
Partiendo de estas premisas sobre la constitución y el desarrollo del auto conocimiento es que el modelo propuesto por Guidano concibe los fenómenos psicopatológicos, básicamente, como cambios bruscos y no integrados del propio sentido de continuidad personal. En tanto que estos cambios son atribuidos siempre a desbalances afectivos, es decir a cambios significativos en la experiencia, explícita o tácita, de reciprocidad con los otros significativos. Por tal razón es que en la terapia cognitiva posracionalista cobra tanta importancia el análisis de la forma en que experimentan y procesan los pacientes en tratamiento esos desbalances; así como su relación con los síntomas que presentan.
Como se puede ver esta actitud terapéutica dista significativamente de la recomendada en las terapias cognitivas clásicas.

La estructuración narrativa de la identidad

El surgimiento del lenguaje, tanto en el proceso evolutivo de hominización como el desarrollo de cada individuo, es sin duda el evento clave en el surgimiento y desarrollo de la experiencia de identidad personal. Debido a que las reglas léxicas y semánticas, que caracterizan esta forma de interacción social, permiten la reestructuración de la experiencia inmediata en términos de proposiciones, el lenguaje humano dispara un nivel experiencial desvinculado de la inmediatez de la vivencia.
La distinción llevada a cabo por L. Dewart (1989) entre lenguaje factual, propio de los demás animales, y lenguaje temático, propio únicamente de los humanos, constituye un

considerable aporte a la comprensión de la importancia que éste tiene en la evolución de la especie y en el desarrollo individual. El lenguaje factual consiste en un sistema de señalización del que dispone la mayor parte de los seres vivos. En el mundo animal se verifican sistemas muy complejos y articulados de transmisión de información. Estos sistemas de comunicación consisten generalmente en la emisión de sonidos y, en algunos casos, como en los grandes primates, en vocalizaciones relativamente complejas. La característica del lenguaje factual es especificar sólo lo que ocurre mientras esto acontece.

Es decir, el lenguaje factual está ligado a la inmediatez de la experiencia y no agreganinguna información novedosa; define un acontecimiento pero es siempre contingente y simultáneo al mismo. Por el contrario, el lenguaje temático es un tipo de coordinación social que posibilita que cada hecho pueda ser estructurado como una historia. Éste es un rasgo propio del lenguaje semántico, que dispara la capacidad de conectar e integrar un conjunto de elementos vivenciales ya ocurridos con un tema, que consta de un inicio, un desarrollo y un final. Con el uso del lenguaje temático lo acontecido se «despega» de la contingencia de la experiencia inmediata y se hace posible separar en cada experiencia dos tipos de contenidos: a) el contenido afectivo, que se destaca y diferencia de, b) el
contenido informativo. Se amplifica de este modo la impronta del mundo subjetivo lo cual facilita el desarrollo de la autoconciencia. Al permitir separar el contenido informativo del contenido afectivo, el lenguaje promueve la evocación de la experiencia inmediata sin que la situación que la produjo en su momento esté presente; de ese modo se fomenta el desarrollo de diversos puntos de vista sobre el protagonista de la historia, es decir, sobre el propio sujeto. Guidano incorpora las nociones propuestas por Dewart a su explicación de la dinámica del sí-mismo. Sostiene que el lenguaje temático cambió completamente la dimensión de vida de los seres humanos y, consecuentemente, la estructura de su vivencia. Este nuevo instrumento de coordinación social hizo posible que la experiencia ocurriera simultáneamente en dos niveles: el nivel de la vivencia inmediata y otro nivel en el cual se reordena esa experiencia. La posibilidad de ecuencializar y observar la experiencia ocurrida dispara en los humanos una nueva dimensión vivencial en la que se incorpora la temporalidad como un componente básico de su estructura. Las coordinaciones intersubjetivas llevadas a cabo en el contexto del lenguaje temático posibilitan la construcción y el desarrollo de un marco narrativo de la experiencia humana.

La capacidad de secuencializar la propia experiencia genera un aumento de la sensibilidad para registrar los detalles de la subjetividad propia y ajena e impulsa el desarrollo de un sentido diferenciado de identidad personal. Cuando el niño comienza a estructurar el lenguaje temático y a secuencializar la propia experiencia, con un inicio, un desarrollo y un final también su conciencia cambia, se transforma de una conciencia instantánea o factual, propia de los animales, en una conciencia temática; una organización de la conciencia más estable y continua en el tiempo, en la cual los hechos autobiográficos se organizan en un orden cronológico, causal y temático. De este modo, la distinción entre la experiencia de un sí-mismo como protagonista y un sí-mismo como narrador facilita la organización de información proveniente de modulaciones autorrefenciales (sensoriales, propioceptivas, emocionales y especialmente afectivas) en torno de un sentido personal unitario y continuo en el tiempo.

Una terapia del self

Un aspecto importante de los nuevos modelos de terapia cognitiva radica en que destacan el hecho de que los humanos procesamos siempre una identidad personal. Se dice con frecuencia que en las últimas décadas la psicología a redescubierto el self. En efecto, como ocurre en la psicología en general y en un buen número de orientaciones psicoterapéuticas actuales, los constructivistas y posracionalistas también otorgan un interés especial al estudio del self. Estas corrientes destacan que con la autoconsciencia el significado personal se convierte en el núcleo organizador de todos los significados, lo cual explica que sean las pautas de autoidentidad las que regulan que tipo de construcciones son posibles, y por lo tanto que información será excluida o integrada al sistema de significados de la realidad y de uno mismo.

Como hemos visto, para Vittorio Guidano (1991, 1995a) es posible concebir el self como sistema complejo autoorganizado. Un sistema vivencial en dos dimensiones
experienciales que se regulan mutuamente: la experiencia inmediata, independiente de nuestra intencionalidad, y la experiencia consecuente de un sentido de sí en la que se procesa narrativamente lo ocurrente.

De acuerdo con este enfoque, el ordenamiento continuo de la experiencia personal en una dimensión unitaria y coherente es facilitado en la medida que la generación y asimilación de información afectiva puedan ser reguladas por las pautas de autoidentidad estructuradas hasta ese momento en la dimensión narrativa. De modo que autoorganización, en términos de coherencia interna del sí-mismo, significa que la posibilidad de asimilación de perturbaciones que surgen como consecuencia de la exposición continua a nueva experiencia está subordinada a que ésta pueda ser integrada al orden experiencial preexistente con que se mantiene el sentido de unidad del propio significado personal, sin generar una excesiva perturbación, y mientras contribuye a la generación de un nuevo orden sentido como continuo del anterior. En otros términos, a través de esta autoorganización continua el sí-mismo se autoconstruye desarrollando permanentemente niveles más complejos e integrados de autoidentidad y autoconciencia. Este proceso, ortogenético, de alimentación hacia delante, es regulado paso a paso por el equilibrio dinámico entre las experiencias de discrepancia y de consistencia. Por un lado, la búsqueda de consistencia constituye el procedimiento básico para estructurar y estabilizar los niveles de auto-identidad y autoconsciencia disponibles; por otro, las alteraciones emocionales, que surgen por la percepción de las discrepancias, constituyen los principales reguladores de los procesos de reestructuración de niveles de auto-identidad y auto-conciencia más integrados. (Balbi, 1997; 2004; Guidano, 1995b).

La Terapia Cognitiva Posracionalista, antes que privilegiar el análisis de las estructuras racionales del pensamiento paradigmático, incorporan en la consideración de la naturaleza de los proceso psicopatológicos y en la estrategia de cambio terapéutico, la función organizadora que tienen los procesos afectivos y el pensamiento narrativo en la experiencia de la identidad personal (Bruner, 1986).

Este enfoque propone un método psicoterapéutico basado en la exploración emocional por parte del paciente, con la guía del terapeuta. En un enfoque de terapia vivencial y facilitador del proceso de construcción de significados emocionales alternativos, como el que propone este modelo, la tarea del terapeuta consiste básicamente en compartir la experiencia subjetiva del paciente, mientras éste la explora, y en otorgar su ayuda para el procesamiento diferencial de esta experiencia, a medida que ocurre, en todo el conjunto y variedad de los elementos que la componen. El terapeuta opera como un perturbador emocional estratégico que guía con sus preguntas la atención del paciente hacia áreas críticas de la experiencia emocional del mismo y colabora activamente en su reconstrucción y reorganización. Con el fin de que éste alcance niveles más plásticos e integrados de autoconciencia.

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